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mirta dominguez y luis fernando regner
Cuando el amor es más fuerte (que la guerra)
«Nunca te dije como es un día acá; ahora te lo cuento: estamos cocinando guiso (ya soy especialista), de pronto gritan «alerta roja» y empieza a sonar la sirena. Dejamos el guiso, salimos corriendo, agarramos el casco y fusil, y a los pozos. Te imaginás, un poco más y besamos la tierra para que no se caiga y nos sepulte vivos. Después del ataque volvemos. Te imaginás lo que es ese guiso después de dos horas: re-pegado, menos mal que los negros se lo comen igual».
Una guerra puede explicarse de muchas maneras. Resiste análisis históricos, geográficos, políticos. Pero nada la describe mejor que una carta. Una de amor, una que se le manda a esa otra persona que allá lejos, no comprende que es lo que está pasando.
Luis –en Puerto Argentino- trataba de que Mirta –en Cañuelas- pudiera entender un poco lo que él estaba viviendo. Y como a cualquier muchachito de 18 años, a Luis le importaba mucho más el amor que la guerra. Por eso, entre bomba y bomba, se hacía tiempo para decirle que la quería, y no podía impedir que se le escaparan los celos, tampoco:
«Sólo puedo decirte que te quiero, que te extraño, y que tengo sólo una carta tuya. No sé que te pasa. Si me volvés a escribir, contame que pasa en Cañuelas», dice una de esas cartas que Mirta guarda como un tesoro.
Mirta -que en esa época estudiaba en la escuela nocturna, en la «uno», escribía, también, una carta por día. Sólo que la mayoría no llegaban a raíz de los bloqueos. Pero Luis no lo sabía, y pensaba que su novia no se acordaba de él.
Hoy se ríen juntos cuando se acuerdan de eso: -»Yo no sé, eso dice ella, porque en realidad las cartas no me las dieron nunca», dice Luis.
Malvinas
Luis estaba haciendo el servicio militar en la Escuela de Ingenieros en Campo de Mayo. El era chofer de categoría 1963, y formó parte del batallón de combate 601.
En Malvinas fue apostado en Puerto Argentino, una zona en donde principalmente se concentró el ataque aéreo.
Luis era chofer del rancho (donde se cocinaba y se distribuía la comida), motivo por el cual al menos no pasó hambre, a diferencia de muchos otros que sólo recibían una ración diaria. Igualmente, la persistente ofensiva inglesa era insoportable: -»Esto se está poniendo inbancable, no vemos la hora de volver. Nos están cañonando todas las noches», le escribió a Mirta, en otra oportunidad.
«Luis está muerto»
En el rancho del batallón 601 había un sólo camión y dos choferes. Habitualmente, mientras uno se dedicaba a hacer el reparto de mate cocido, el otro colaboraba con los tres cocineros, pelando papas para el guiso. Esa mañana, sin embargo, algo pasó. Todos salieron al mismo tiempo a repartir mate cocido, y dejaron el lugar desierto. Mientras estaban sobre un cerro, vieron como una bomba inglesa impactaba directamente sobre el rancho. No quedó nada.
Algunos soldados que desde otras trincheras vieron la explosión, sacaron cuentas, y concluyeron que Luis tenía que encontrarse en el lugar, junto a dos cocineros. La noticia corrió rápido, y llegó a Cañuelas.
Die Mirta: -»Yo estaba en la escuela, cuando vino un muchacho de Cañuelas, que hacía el servicio militar en Campo de Mayo, a avisarme que Luis se había muerto. Me dieron permiso para salir, y todos estábamos tratando de confirmar si era cierto, hasta los profesores ayudaban, llamando a la policía o yendo al correo a ver si había llegado algún telegrama» Recién al otro día confirmaron que era todo una falsa alarma, aunque a Mirta le quedó un dolor en el pecho difícil de explicar.
Y volvió
Luis fue el primer combatiente cañuelense que volvió de la guerra, junto con el «paisano» Pereyra de Uribelarrea. Llegó a Buenos Aires en el buque hospital «Bahía Paraíso», gracias a que tenía una vieja lesión en el pie, que los jefes ingleses creyeron se trataba de una herida de guerra. Luis llegó a Campo de Mayo, y allí se encontró con otro muchacho de Cañuelas, el «portugués» Ferreira, que prestaba servicios en la escuela Sargento Cabral: -»No tenía mucho trato con él, pero cuando me vio me abrazó y se puso a llorar como un loco. Yo al principio tuve miedo, después me contó que acá se había dicho que yo estaba muerto o malherido»-, se acuerda.
Mirta estaba en escuela cuando Luis se bajó del 88. Ella creía que él seguía en Puerto Argentino. «Yo estaba en el colegio, y justo estábamos haciendo un trabajo sobre Malvinas, que nos había pedido la profesora Mirta Pagnone. Yo estaba juntando las carpetas por las aulas, cuando me avisaron tiré las carpetas al diablo y salí corriendo a buscarlo», dice ella. Y algunos aseguran que el encuentro debe haber sido cinematográfico.
El amor es más fuerte
Mirta y Luis se comprometieron en septiembre de 1982 y se casaron en diciembre. Les pagaron el «sueldo de guerra», que alcanzó para un jean, una campera, y las alianzas de plata con las que se casaron. Para diciembre, cuando se cumplan los veinticinco años, Luis promete regalarle a Mirta unas de oro.
Vivieron épocas difíciles desde entonces. Si fue duro sobrevivir a la guerra, la posguerra fue peor aún. «Después de que nos casamos, yo no conseguía trabajo. Fui a muchos lugares pero había un gran prejuicio, no nos daban prioridad, a veces nos presentábamos como caseros y a Mirta la llamaban aparte y le preguntaban si yo había quedado loco de la guerra. Fue muy difícil, muchos ex combatientes se terminaron suicidando, nos cerraban todas las puertas. Todos se llenaron la boca hablando con que nos iban a dar trabajo y viviendas, y durante once años no tuvimos nada».
El amor, sin embargo, fue más fuerte que todo eso. Mirta y Luis cumplen veinticinco años juntos. Tienen tres hijos, una nieta, y otra en camino. «Nunca se sabe, pero después de todo lo que pasamos, no creemos que haya algo que pueda con este amor», dicen, casi al unísono. Y se miran. Y parece que no, nomás.
Publicado en la edición impresa Nº 96 del 28 de marzo de 2007.
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