|
Edda del Prato (artista plástica)
“Siempre quise ser pintora”
Edda del Prato, tiene 87 y entre seiscientas y setecientas obras pintadas («las que tengo yo, hay que ver las que regalé o vendí», aclara).
Empezó a visitar Vicente Casares en el ´62, junto a su compañero Germán Candó Carrizo (su tercer esposo, con el que compartió casi treinta años) que tenía un «ranchito de tres por dos» en el que pasaban los fines de semana.
Durante varios años, los sábados y domingos trabajó para construir «La Nube Verde», su refugio por mucho tiempo, que terminó convirtiéndose en su hogar. Su casa se llama así merced a la imagen que le representaban las hojas de los enormes Eucaliptos cuando miraba el cielo tendida en el césped.
Edda del Patro es un alma muy armoniosa. Se ríe mucho, todo el tiempo. Y si bien durante largo tiempo se ganó la vida como modista, de lejos se nota que siempre fue una Artista.

-¿Cuándo comenzó a pintar?
-Muchas veces hay gente que no sabe qué quiere ser. Yo siempre quise ser pintora. Yo vivía en el campo, en Jesús María, Córdoba. Ahí no había posibilidades de estudiar, así que me anoté en un curso por correspondencia que salió en un aviso de una revista. Era la «Antigua academia Sier», y yo dije, «antes que nada…».
-¿Así que aprendió por correspondencia?
-Sí (se ríe). Me mandaron unos dibujos en donde explicaban cómo se dibujaba el cuerpo humano por separado, ojos, nariz, boca. Yo hacía los ejercicios y los mandaba, y siempre me contestaban que estaba bárbaro. Yo creía que me lo decían para que siguiera con los cursos, pero hace un tiempo los encontré, y la verdad que efectivamente estaban bien. Cuando uno quiere algo siempre busca la forma para conseguirlo.
-¿Y cómo sigue la historia después de ese primer paso?
-Yo me casé joven, a los 17 años. Así que en realidad fui autodidacta por mucho tiempo. Ya pintaba. Una vez en Córdoba me encontré con Panissa, un pintor porteño que vivía en Totoral. Yo estaba pintando, y él me pidió el pincel e hizo una pincelada en mi dibujo, un tronco de árbol genial. Como profesor, nadie me dio una pauta tan importante como él con sólo un pincelazo. Ese fue mi primer «toque» de profesor. Después ya expuse, y en el 45 cuando vine a Buenos Aires fui a la academia de Vejares Oraire, un santiagueño, y eso fue muy importante, porque fue unirme a un grupo de pertenencia. También estuve después en la escuela de Victorica, un tipo de la aristocracia pero que era un verdadero bohemio.
-¿Qué pintaba?
-En esa época pintaba paisajes, retratos. Hasta que fui a un psicoanalista porque sentía que no podía expresar todo lo que tenía dentro. Y el analista me dijo que no necesitaba análisis, y me mandó a ver a un pintor uruguayo, Battle Planas, con el que aprendí una técnica diferente. Me hizo hacer curvas y puntos en un papel. Dieciocho curvas, me dijo que hiciera…
-Como si recién empezara…
-Claro, yo ya tenía varias exposiciones hechas. Pero, modestita, le hice caso. Después aprendí que siguiendo la armonía de los puntos y las rayas, las vas uniendo, de a poco las cosas empiezan a aparecer. Aparece una mano, un ojo, las cosas van surgiendo. Durante quince años pinté así: hacía puntos, rayas e iba viendo que me sugerían.
-Es como que el cuadro le dice lo que tiene que pintar…
-Hay que hacer abstracción de todo lo que te rodea, y dejar que la mano «cante por sí sola», como dijo Matisse. Así aprendí algo maravilloso, que siempre tiene que haber misterio en lo que uno hace, que no tiene que verse todo. Pasa en lo mismo que en la vida. Cuando uno se brinda abiertamente, cuando muestra todo lo que uno es, ya pierde el misterio. Es como en el matrimonio (se ríe).
-¿Alguna vez que encasilló en algún estilo, o siente que sigue siendo autodidacta?
-No sé si es bueno o malo, pero yo siento que sigo siendo así. Yo tenía una amiga que pintaba el mismo paisaje en tres momentos del día, a la mañana, a la tarde, a la noche. Yo, por el contrario, no siento entusiasmo por repetir las cosas. En una época pintaba cuadros no muy grandes, para poder terminarlos en el día. Yo pinto desde lo subjetivo, voy disfrutando del color, del pincel.
-¿Nunca imagina un cuadro antes de pintarlo?
-No. Tula Iribarne, que era una excelente pintora, había pintado un cuadro -creo que fue el último que hizo- en base a una canción mejicana. Era un Apocalipsis. Yo nunca pude hacer algo así, en base a otra cosa. Yo pinté un Apocalipsis pero desde otro lugar, empecé y los personajes fueron saliendo. Son unos pajarracos raros con unos picos largos que vienen y te llevan (se ríe de nuevo).
-¿Alguna vez se sintió incomprendida, como artista?
-La verdad, eso nunca me importó nada.

|