|
Armando Bustos / Cantor de tangos
"El fuelle es tango"
Armando Bustos es cantor y artista plástico. Nació hace 75 años en Buenos Aires y los últimos 12 los vivió en Virrey del Pino, aunque desarrolla gran parte de su actividad artística en Cañuelas. Dice que es «un adoptado», y que está agradecido por el lugar que encontró en Cañuelas junto a su mujer, Norma Frigerio.

-¿Cómo empieza a vincularse con el arte?
-Yo nací en el arte. Nací en Buenos Aires, en el barrio de Mataderos, en 1932. Pero me crié al lado, en Floresta, en la calle Ensenada, a cuatro cuadras del Parque Avellaneda. Mi familia paterna estaba en esto. Mis tíos, los hermanos de mi padre, eran todos músicos. Eran folcloristas (tenían el conjunto los Huachi Pampa, donde comenzó cantando Antonio Tormo), pero a mí me hacían cantar tango, cuando era chico. Así que en las reuniones familiares en la casa de mi abuela en la calle Bonifacio, yo cantaba tango. Así se me metió el tango adentro.
-¿Así que se dedicó a esto toda su vida?
-Sí, pero ojo, sin abandonar el trabajo ni el estudio. Era dibujante técnico, y trabajaba en el Ferrocarril Belgrano, en el edificio donde hoy están los tribunales de Comodoro Py. Y en ese lugar me daban permiso y facilidades para poder estudiar de noche, y así me recibí en la Universidad Tecnológica de Maestro Mayor de Obra. A mí me gustaba el canto, la plástica, el dibujo, pero siempre consideré que eso no era muy remunerativo. Yo me crié en una casa de artistas, así que lo veía en vivo y en directo; no le pedían a nadie, pero a veces pasaban necesidades. El espectáculo es así: a veces hay mucho y a veces no hay nada. Así que siempre seguí con el canto y la plástica, pero sin abandonar el trabajo. Mi padre siempre me aconsejó eso también. De esta manera, en el sentido artístico, siempre hice lo que tuve ganas, no tuve que hacer nada por necesidad.
-¿Y cuando se dedicó de lleno a la música?
-Fue un tiempo después de pasar por una situación difícil a nivel familiar. Me enojé mucho con todo. Dejé todo, no hice nada más. Estuve un año y medio sin hacer nada, cerré el estudio, dejé de cantar y pintar. Hoy creo que estaba equivocado, porque no gané nada.
Al tiempo empecé a visitar a Gregorio Bustos, mi tío, que estaba mal. Era un gran cantor. Ahí me conecté con Domingo Tejada, que era el guitarrista de él. Empezamos a hablar, yo empecé a frecuentar esa casa, y Domingo estaba siempre con la guitarra en la mano. Él me insistió para que volviera a cantar, y así empecé a gorjear de nuevo, y sentí otra vez alguna cosquilla. Él manejaba las guitarras que acompañaban a Antonio Tormo, a quien yo había conocido cuando era chiquito y él vivió un tiempo en lo de mi abuela, pero no lo había visto más. Pero Antonio se acordaba de mí, y me invitó a acompañarlo en sus presentaciones. Yo cantaba algunos tangos antes de sus presentaciones, con los guitarristas de él.
-Pero Tormo tenía un repertorio folclórico…
-Sí, pero yo cantaba tangos. Cuando lo contrataban, él me incluía, decía que llevaba un cantor de tangos que cantaba con sus guitarristas, y me contrataban también. Después ya formé mi propio conjunto, y seguí con mis presentaciones. Seguí con la música, pero no con mi profesión. No volví a abrir el estudio…
-Bueno, quizá la música le ofrecía algo que el trabajo no.
-Exactamente. Me dio amigos, y me hizo muy bien espiritualmente. Al principio no necesitaba trabajar para vivir, podía vivir de algunas rentas. Pero después, cuando me organicé, también gané algo con la música. Con Angelito Barreta armamos un conjunto, el era un fuelle de oro, también estuve con Chiche Furiale, otro gran bandoneón…
-¿Prefiere que lo acompañen con guitarra o bandoneón?
-Bandoneón. El fuelle es tango, sin despreciar a la guitarra. El vuela por un lado, yo por otro. Lo ideal es un bandoneón y una guitarra. Un Bustos, que es un violero bárbaro.
(N. de la R: no él, sino Oscar Bustos, guitarrista de Cañuelas, con el que no guarda ningún parentesco).
-¿Y el repertorio?
-Yo tengo un repertorio fuerte, no muy lírico… Algo como cantaban Julio Sosa, o Montero. Algo expresivo, tangos dolorosos. Hay cantores que por ahí no tienen muy buena voz, pero para mi lo importante es «llegarle» a la gente. Yo camino mucho cuando canto, no puedo estar parado.
-¿Y con la pintura? ¿También se dedicó siempre?
-A mí siempre me gustó dibujar. De chico dibujaba con carbonilla, acuarela, y después óleo. Pero el gran impulso me lo dio mi mujer, Norma (Frigerio). Ella es una especialista en arte, conoce mucho, ha visto mucho. Ella fue la que me impulsó a pintar más el óleo y en tela. Así fue que empecé a darle más bolilla. Soy autodidacta.
-¿Y cómo se vinculó artísticamente con Cañuelas?
-Cuando nos vinimos a vivir a Virrey del Pino, empezamos a venir acá. Parábamos en la confitería «El Águila», donde hoy está Impacto. Una vez fuimos comer a «El Artesano», y conversando con el dueño, me propuso armar algo, un espectáculo. Así que hicimos una cena show. Traje músicos de Buenos Aires, y le pedí que invitara a algún cantor de Cañuelas, y me presentó a Neri Fantino. Así nos conocimos. Todo se dio así. A esa cena show vinieron Eduardo Molina y Nancy Pelucchi, que me invitaron a hacer con ellos una obra que se llamó, «Tango, un grito visceral». Después Fantino me presentó a Zully Moreno, que estaba presentando «El Conventillo de la Paloma», y también participé de esa obra. Con Zully también actué en «Juan Moreira». Hacía de Don Gregorio, el suegro de Moreira, que era Medrano. De ahí me quedó la barba candado.
-¿Hace un balance del rol del arte en su vida?
-Gracias a Dios tengo esto del canto y la pintura. Doy gracias de poder seguir, aunque sin la intensidad de antes, aunque sea para mí. Lo seguiré haciendo hasta que Dios diga basta. Cuando llegás al ocaso de tu vida, doblás el codo de Dorrego y ves el disco final (y yo la lo doblé hace rato)… pobre del veterano que no tenga un hobby, que no se aferre a algo para poder seguir.
(N. de la R: el «codo de Dorrego» es la última curva del circuito del Hipódromo de Palermo)
|