Padre Alejandro Delorenzi

"Soy un bohemio"

¿Cuándo lo puedo encontrar en la iglesia? ¿Mañana? ¡Perfecto! ¡Voy a estar en primera fila!
Averiguaciones por el estilo se pueden escuchar entre personas que eligen asistir a la iglesia cuando celebra misa el cura Alejandro Roberto Delorenzi quien, tras el pedido del monseñor Jorge Mario Bergoglio, hace dos años y medio que misiona en Cañuelas.
El cura Alejandro nació en Villa Devoto, Capital Federal, un 8 de mayo de 1958. Desde aquel año, su vida discurrió por episodios que marcaron la historia nacional: fue testigo del terror que instauró la última dictadura militar, asistió a un partido de fútbol del mundial del ’78 y recuerda haberlo vivido «con un gran engaño, por un lado y por una gran pasión por el fútbol en sí. Pero sabíamos que las cosas no estaban bien. Sabíamos que mientras festejábamos el campeonato, ya había miles de desaparecidos». También fue testigo de la guerra de las Malvinas. «Vos veías a los chicos de 18 años que iban rumbo a eso y te querías matar».

Sólo se escucha el susurro del viento entre los árboles y los cantos de algunos pájaros mientras camino por una calle de tierra del barrio «La Garita». La distingo, una casa sencilla en medio de un grupo de altos eucaliptos que, milagrosamente, siguen erguidos tras el temporal que asoló la ciudad de Cañuelas el pasado viernes.
Cinco minutos después, estoy sentado al costado de una mesa. Paseo la mirada por una salamandra en una esquina, una computadora sobre un escritorio, una desordenada pila de cd’s que se tambalea de a ratos y, descansando en un sillón, una viola Fender.
En frente mío, un hombre de mediana edad, de contextura delgada, pelo canoso y frente ancha, sigue mi mirada y declara, sonriendo: «Soy un bohemio».

-¿Cómo fue su niñez?
-Yo, gracias a Dios, viví algo muy lindo en mi niñez y adolescencia que fue el barrio con todo lo que eso significa: el fútbol, la bicicleta, los juegos. Tuve una niñez muy linda.

Hizo el primario y secundario en Devoto, su cuna natal. Reconoce que, por aquellos tempranos años de su vida, tenía deseos de ser médico y de formar una familia. «Es más, tras finalizar el secundario, empecé a estudiar medicina pero abandoné», rememora.

- ¿Recuerda algunos trabajos que haya realizado?
-Trabajé de muy chico…y en toda clase de cosas. Trabajé en librerías, reparé aire acondicionados, fui tintorero. Siempre, de chico, me vi forzado un poco por la situación que vivíamos con los viejos, gente muy trabajadora. Siempre alquilamos. Y bueno…me la tuve que hacer de abajo. Me eduqué en una sensación de que me faltaban cosas y que era bueno.

-¿Era muy apegado a su familia?
-No, era muy salidor, muy callejero. Independiente. Pero no me gustaba el boliche. Yo soy del tiempo de las reuniones en casa de los amigos. También estaba muy comprometido con la realidad social que estábamos viviendo. Vengo de una generación bastante golpeada. Tengo amigos desaparecidos, amigos de barrio que de un momento a otro, no los vi más. Me costó mucho asumirlo. A modo de lucha, participé en partidos políticos durante el régimen militar, comprendiendo el riesgo que corría al hacerlo.

-¿En aquellos años se empezó a interesar por el Rock?
- Sí, empecé a andar con gente del rock. Hice un descubrimiento de mi voz. Siempre me gustó cantar y lo hacía bien. Participé, a su vez, de bandas de rock. Estuve mucho en la movida de lo que fue el rock nacional de los años ’70, música de protesta contra el régimen totalitario. Empecé a componer letras en aquella época y aprendí a tocar la guitarra de oído.

-¿Concurría a conciertos?
Sí, sí. Por ejemplo, asistí al concierto despedida de Sui Generis. Conocí, además, a algunos músicos, como David Lebón.

Alejandro se considera a sí mismo un romántico, un poeta. Le gusta mucho la literatura fantástica. Además, es un fanático del rock nacional e internacional. Rememora las reuniones de amigos durante su adolescencia y los viajes que realizó a distintos puntos del país. Puntualiza que siempre había de telón de fondo una búsqueda por armonía. Una búsqueda de Dios. Había una búsqueda por algo trascendente.

-¿Solía ir a misa?
- No, no era de ir a misa. Sin embargo, siempre me fascinó mucho la figura de Jesús de Nazaret.

-¿Qué lo llevó a tomar la decisión de volverse cura?
- Mirá, fue un tiempo de búsqueda. Yo era un tipo especial…Por ejemplo, me iba de vacaciones con mis amigos a Necochea, escapando del ruido de la ciudad. Hacíamos fogones, tocábamos la guitarra pero había momentos en que me agarraba la «chiripioca»: Mis amigos se iban y yo me quedaba solo, observado el oleaje del mar y meditando largamente. Me pegaba mucho todo el tema social, el dolor de la gente, las injusticias.

Toda esa búsqueda decanta en un día en que fue a la iglesia. Podría llamarse capricho del destino pero Alejandro no cree en él. La música, que desde chico formó parte de su vida, fue la razón que lo llevó a acercarse un día a una parroquia: cuando tenía alrededor de 23 años, se tomó un colectivo un domingo a la tarde pero, al rato, se bajó y prefirió caminar hasta que llegó a la iglesia «San Pablo Apóstol», de Colegiales. Le llamó la atención las voces de un coro. Él escuchó y felicitó a sus integrantes, quienes lo invitaron participar del grupo. «La música me llega mucho».
Trabó amistad en aquella iglesia con el cura Luis, un bohemio como él. Al conocerlo, la imagen que tenía del sacerdote cambió: de ser como un marciano («tipo ensotanado que me era lejano»), pasó a ser la de un tipo común, moderno y humano, con gustos parecidos al suyo. En aquel lugar surgió su papel de líder nato, el mismo que había conducido a sus amigos del barrio en las travesuras diarias. Por aquellos años empezó a leer el evangelio. Participó de grupos juveniles y recibió la bendición del anterior papa, Juan Pablo II, durante su última visita a la Argentina. Visitó Cuba estando de vacaciones, con el objetivo de conocer lo que fue el paso del Che Guevara por ese país. «Soy, de alguna forma, un revolucionario del amor. No creo en la revolución de la violencia, ejercida por las armas».
Con el apoyo de sus padres, empezó el seminario en su cuna natal, Villa Devoto. El padre Carlos Mújica fue de su seminario.

- ¿Hace cuánto tiempo que es cura?
- Hace 17 años. Me ordené en la arquidiócesis de Buenos Aires.

- Antes de venir a vivir a Cañuelas, ¿Por qué ciudades discurrió su vida?
- Por Mataderos, donde fui vicario y después párroco. Luego, fui cura en Villa Lugano. Hace dos años y medio que estoy en Cañuelas, trabajando y colaborando en el centro «Asociación Revivir», especializado en rehabilitar a personas del alcoholismo y drogadicción. Pero el tratamiento no es solo curarse de una adicción sino volverse un mejor ser humano.

-¿Qué opinión le genera el proyecto de ley que pretende legalizar el consumo de drogas?
- Una barbaridad. No va a solucionar nada.

- ¿Le gusta vivir en Cañuelas?
- Sí. Creo que esta ciudad todavía mantiene algo del espíritu de barrio en el que me críe y que, poco a poco, está siendo desplazado por la expansión de la «urbe».

Hace énfasis en la misión que realiza en Cañuelas, encomendada por monseñor Bergoglio. «Él está pidiéndoles a los sacerdotes que salgan a las calles, que salgan al problema, la gente no va a venir, hay que ir al encuentro».
Actualmente, el padre Alejandro celebra misa los martes y jueves a las 19 y los sábados y domingos a las 19:30 en la iglesia de Del Carmen. A su vez, celebra misa los sábados terceros de cada mes en el cementerio La Oración. Tiene, como objetivo, construir una capilla a unos 100 metros detrás de su hogar, al costado de una granja que forma parte del centro «Asociación Revivir».

Publicado en la edición impresa Nº 148 del 28 de marzo de 2008

 

 

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