Hegemonía y periodismo militante

26.10.11. Por Fernando Abdo.

Hegemonía es un término que en los últimos tiempos se usa mucho -y por lo general, mal- debido entre otras cosas al impulso de un aparato mediático sin precedentes superpoblado por una nueva raza de autodenominados “periodistas militantes”.

La expresión “periodismo militante” es un oxímoron.

El oxímoron es una figura literaria que consiste en combinar dos expresiones de significado opuesto en una misma estructura, con el objetivo de generar un tercer concepto con un nuevo sentido. “Periodismo” y “militante” son dos términos que no pueden combinarse, porque se anulan mutuamente.

El fin del periodismo es la pretensión de objetividad. Si bien la objetividad misma no existe, el periodista tiene como metas la búsqueda de lo que no se ve, la denuncia de lo que está oculto, la crítica hacia quienes gobiernan. La militancia, claro está, es otra cosa.

En el periodismo, la información es la materia prima con la que los medios cuentan para producir noticias, opiniones, críticas, etc. La información es algo muy valioso y en manos equivocadas sirve también para dañar, obstruir, tergiversar. El fin último del militante es otro: es la búsqueda del poder, la conquista de un espacio, la victoria electoral.

Son tan distintos los fines de la militancia y del periodismo que la comparación es absurda. Un periodista puede tener ideas políticas, pero debe elegir de qué la va: o ejerce la profesión o ejerce la militancia.

En término dialectos, la síntesis del oxímoron “periodismo militante” sería algo así como un militante de los medios, un soldado mediático. Cuando durante los festejos por el triunfo de Gustavo Arrieta la barra de la jotape cantó “yo soy argentino, soy soldado del pingüino”, más de un pseudoperiodista presente debió morderse la lengua para no cantar también. Seguramente en privado se habrá sacado las ganas.

(Entre paréntesis: también habrá tragado saliva más de un “transversal” cuando frente al retrato de Irigoyen todos cantaron “el que no salta es radical”… pero eso es harina de otro costal).

Volvamos a los periodistas militantes o soldados mediáticos. Los soldados sirven para la guerra. ¿Qué guerra? La guerra por la hegemonía.

Porque respecto a ese término –que se usa mucho y mal- los medios oficialistas han instalado una noción parcial. “Hegemonía” se usa hoy como un término que remite a denuncia. El oficialismo y los medios afines (que son mayoría, incluso en Cañuelas, y que son financiados por la pauta oficial cuando no directamente a través de subsidios estatales) hablan, por ejemplo de “medios hegemónicos” cuando se refieren, por ejemplo, a Clarín, La Nación, Perfil, y cualquier otro medio que no responda linealmente al relato oficialista.

En una versión simplificada para jóvenes K, el mote de “medio hegemónico” es un estigma que sirve para evitar dar respuesta a las críticas que pueden surgir desde el periodismo: en el gobierno de Cristina –y antes, en el de Néstor- no hay corrupción, ni destrato hacia las instituciones, ni mafias sindicales, etc. Skanka, Antonini, aportes narcos a la campaña, Jaime, la bolsita de Felisa Micelli, los manejos de la Fundación Madres de Plaza de Mayo, Mariano Ferreyra, inflación, patota Moreno. Son todos temas que no salpican al gobierno; son inventos de la prensa hegemónica.

Contra el mal: el periodismo militante. Simple, pero efectivo.

La hegemonía, sin embargo, es otra cosa. Para empezar, es un término militar: por eghemonia el antiguo griego entendía la dirección suprema del ejército. Egemone era el conductor, el guía y también el comandante del ejército.

Fue el intelectual italiano Antonio Gramsci, de escuela marxista, quien le dio al concepto de hegemonía la lectura política que perdura hasta hoy. En sintonía con Lenin –que proponía la dictadura del proletariado como paso obligado para la consolidación de la revolución- Gramsci habló de la hegemonía del proletariado, que, simplificando, no implica sólo tomar el control en términos materiales sino también simbólicos. Estructura y superestructura, concentrando en este último campo el diseño de las instituciones, y el control del discurso.

Hablar de hegemonía no es sólo denunciar a la supuesta hegemonía dominante, sino pujar por instalar la propia hegemonía. Y he aquí la pregunta del millón: ¿en qué momento puede decirse que el objetivo está cumplido?

Concentrémonos en Cañuelas. La victoria de Gustavo y Marisa por el margen más amplio del que se tenga registro, plantea –en relación con los medios- dos posibilidades incómodas para el oficialismo.

La primera es que el relato según el cual los medios (“hegemónicos”) perjudican al gobierno es absolutamente falso. El oficialismo –tanto a nivel nacional como local- ha construido un relato de victimización en el que algunos medios buscan permanentemente esmerilar los logros del gobierno en sintonía con los objetivos de la oposición. Con virulencia, los voceros del intendente han atacado durante los cuatro años de gestión cada crítica que pudiera surgir desde la prensa independiente, con preferencia por La información y en el último tiempo también El Ciudadano.

El resultado conseguido por Arrieta revela con claridad que las críticas periodísticas no determinan el comportamiento electoral del ciudadano. Lo mismo ocurre a nivel nacional: con los supuestos medios hegemónicos “en contra”, el oficialismo superó el 50 por ciento de los votos. Hay que ajustar el discurso, y rápido.

La segunda posibilidad –no menos cierta- es que en forma encubierta detrás del discurso de victimización, el oficialismo haya en realidad consolidado su propia hegemonía.

Arrieta contará desde diciembre con un poder que nunca antes nadie tuvo en Cañuelas. En cuatro años se convirtió en el hombre más poderoso de la historia del partido. No sólo tiene línea directa con la Nación y la Provincia, sino que además controlará en forma absoluta el Concejo Deliberante y el Consejo Escolar.

Por convicción o por conveniencia, todos los sectores de poder local hoy lo apoyan casi sin fisuras: los empresarios más importantes, los comerciantes más destacados, y los referentes de la mayoría de las instituciones locales están también alineados con su figura.

¿Y los medios? Salvo honrosas excepciones, los medios y periodistas de Cañuelas también son militantes. Suculentas pautas oficiales (no sólo del municipio sino que en algunos casos también de Provincia y Nación), publicidad de empresas y comercios “amigos” del gobierno, y en algunos casos directamente la intervención estatal, explican el entramado de una red de comunicación cuyo control se ejerce desde el palacio municipal.

Los hombres son buenos, pero si se los controla son aún mejores. Decía Perón.

Arrieta enfrentará cuatro años de gobierno con un enorme poder en sus manos. En Cañuelas, es el dueño de un poder hegemónico. La oposición deberá seriamente revisar su fracaso, y su imposibilidad de ser el referente en el ejercicio del control que todo gobierno necesita en democracia.

Quedarán, acaso, los medios. Aquellos al menos, que sigan eligiendo ejercer el periodismo, y no la militancia.

 

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