Alvaro Giannitti: “Falta conciencia de grandeza; las cosas no te las regala nadie”

19.07.11. Es uno de los titulares de la empresa Grabya, recientemente reconocida a nivel internacional por sus logros ambientales. En esta nota cuenta su propia historia y la de su familia, resume su vida empresarial y reflexiona sobre el futuro del país.

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Por FERNANDO ABDO / Publicado en la edición impresa de junio 2011

Alvaro Giannitti nació en Avelino, un pequeño pueblito de Nápoles (Italia) en el año´45. Como muchos de sus coterráneos, llegó a nuestro país detrás de un sueño. En su caso, fue el sueño de su padre, ya que Alvaro cruzó el océano con tan sólo 4 años, junto a su papá, sus dos hermanos –de 6 y dos años- y su mamá embarazada de 6 meses.

“A mi papá lo mandó llamar el tío, que vivía en Temperley y se dedicaba a la construcción. Pero por desgracia, al poco tiempo de llegar nosotros su esposa se enfermó, y era una complicación que viviéramos con él, más que nosotros éramos chiquitos… entonces mi papá le pidió que lo llevara donde estaba su hermano, o sea, su padre, que vivía también en Argentina. Al principio el tío no quería, porque sabía que mi abuelo estaba con una mujer que no era la mamá de mi papá… pero finalmente vinimos”.

Y resultó ser que el “abuelo” Giannitti, vivía en Cañuelas. Era por entonces un reconocido peluquero, y atendía en su local de Libertad y San Martín, haciendo “cruz” con la sucursal del Banco Provincia..

Aquí vinieron, recuerda Alvaro, aunque vivieron poco tiempo en casa del abuelo. El papá de Alvaro tenía también el oficio de peluquero –además del de zapatero, ya que en esa época era costumbre que los jóvenes aprendieran dos oficios- así que de inmediato se sumó al trabajo de la peluquería. Pero a los pocos días, algunos roces lo obligaron a pensar en la independencia. Así fue que decidió mudarse: le alquiló “Lucho” Porte Petit una casa en Vélez Sárfield y Juárez donde estuvieron unos seis años.

“Así empezamos. El viejo trabajó unos años en la Compañía Química, y después se puso su propio taller de calzado. Era un tipo de lucha, vendía pollos, conejos, hacía lo que fuera necesario. Al año ya la situación era diferente, estábamos mucho mejor”.
La vida de Alvaro y sus hermanos transcurrió desde entonces con más tranquilidad. Durante años la familia vivó en una casa que su padre le alquilaba a Botero en Acuña y Lara.

Sus propios comienzos

Como correspondía, Alvaro aprendió el oficio y trabajó varios años en el taller de calzado de su padre, que estaba en Lara entre Basavilbaso y Acuña. Pero después quiso hacer su vida: -”Yo le decía a mi viejo que quería progresar, comprarme un auto, y con mi hermano Adolfo empezamos a hacer otras cosas, salíamos en un camión viejo a comprar fierros, vidrios, latas, y todo lo tirábamos en un lote que teníamos acá cerca de Extra Gas, para después venderlo. También juntábamos huesos, y los llevábamos a una fábrica. Y como éramos jóvenes y medio atrevidos, se nos ocurrió armar algo parecido”, recuerda hoy.

Esos fueron los comienzos de Grabya. La familia Gianitti tenía una relación con la familia Uzurro, que fueron sus socios en el comienzo del emprendimiento. Sin embargo, antes de que pasara un año, los Gianitti se quedaron solos.

Grabya

“Era muy jodido, la fábrica nació en febrero del año 67, no fue un año bueno. Y además arrancamos sin capital. Para colmo mi papá estaba mal de salud y quedamos mi hermano y yo, y la tuvimos que pilotear”, dice Alvaro.

Fueron inicios duros. Para colmo, a poco de iniciar sus actividades, durante los años de Onganía se decretó una “veda”, por lo que sólo podía faenarse dos veces por semana, algo terrible para el negocio: -”Fueron muy difíciles los comienzos, competir con las fábricas grandes que bajaban los costos hasta que no podías más”, reflexiona hoy.

La cosa comenzó a mejorar durante el gobierno de Lanusse, donde hubo un mayor apoyo a la actividad agropecuaria. Si bien seguía costando, de a poco el negocio empezó a andar.

La producción

Durante mucho tiempo, Grabya se dedicó a trabajar con un hueso especial (de la pata de la vaca) que se utilizaba para la construcción de gelatina industrial, materia prima indispensable para la producción de celuloide. La proliferación de los materiales plásticos y posteriormente digitalización de la fotografía y las cintas de audio y video hicieron que el negocio dejara de ser rentable.

Allí la producción se diversificó, y la empresa empezó a hacer un calcificante para animales. Para conseguirlo, el hueso se quema para eliminar todas las proteínas y concentrar el fósforo y el calcio. En el proceso se pierde el 70 por ciento del peso, pero el resultado es un polvo que puede mezclarse con alimento o darse directamente en bateas, y es muy bueno para calcificar animales y se usa mucho en zonas donde las pasturas son pobres en calcio.

En los 90, ese producto también dejó de hacerse, cuando durante el gobierno de Menem se comenzó a importar una roca fosfórica que era un sustituto más barato. Y hubo nuevamente que modificar la planta, para la producción de sebo y harina de carne.

La ecología

Hoy, Grabya es una empresa de características fundamentalmente ecológicas, ya que su materia prima son justamente los desperdicios de la industria frigorífica, que son transformados en productos de primera calidad como el sebo (utilizado en refinerías, industrias químicas, biodiesel, etc) o las harinas de carne con que se elaboran alimentos animales. En ambos casos los productos son comercializados en el mercado nacional e internacional.

Si bien muchas veces –injustamente- se vinculó a la empresa de los Gianitti con problemas ambientales (sobre todo olores), desde hace más de doce años es una de las firmas locales con mayor conciencia ambiental. El ingreso a la empresa de Romanella, la hija mayor de Alvaro, que estudió química industrial, tuvo mucho que ver con ese cambio.

Por esa época se empieza a tener mayor conciencia sobre el cuidado del Medio Ambiente, y también las exigencias de los gobiernos aumentan. Romanella fue la encargada de hacer todas las modificaciones necesarias para cumplir con los requisitos legales.

Alvaro reconoce que no fue fácil cambiar la mentalidad de empresario sólo preocupado por la rentabilidad del negocio: -”En general uno está acostumbrado a invertir en máquinas o tecnología para la producción, porque sabe que más allá de los costos, eso se recupera. Pero es más difícil hacer una inversión grande en algo que uno sabe que desde el punto de vista económico no va a generar nada”, dice, aunque afirma que una vez decidido el rubro la cuestión se convirtió en un objetivo familiar.

Reconocimiento

Después de tanto empeño, el reconocimiento llegó: el 8 de abril pasado, la empresa fue una de las dos en todo el país elegida por el ACUMAR para mostrar a una comisión oficial del Banco Mundial encabezada por su vicepresidenta Pamela Cox, los resultados en gestión medioambiental.

“La visita del Banco Mundial fue el broche de oro para todo lo que hicimos. Porque el BID va a invertir plata para que el país haga lo que hasta el día de hoy no hizo. Y ACUMAR que fue uno de los entes que más nos acosó, que paradoja, nos elige para mostrarnos ante esta gente, que además se quedó sorprendida. Durante la visita nos preguntaron si las obras las habían financiado ellos, el BID, y les tuvimos que decir que no, que no recibimos un peso, que lo hicimos todo solos”, cuenta Alvaro.

“En este país, cuando uno hace bien las cosas termina molestando a todos. Porque cuando uno hace las cosas bien no queda espacio para ninguna manga, no hay negocio para nadie. Cada vez que vino a la empresa un inspector de cualquier ámbito, y nos encontraba algún problema, lo único que pedimos siempre fue plazo. Nunca nadie se llevó un peso de acá para hacer la vista gorda. Ese camino, que es el más largo y el más difícil es el que nos dio mayores resultados”, reflexiona también.

El país

¿Cómo ve a la Argentina este italiano acostumbrado al trabajo y el esfuerzo desde chico? No muy bien: -”A este país le va a costar horrores salir. Aunque digan que han transformado todo, es mentira; hoy a la gente se le ha inculcado que todo hay de dárselos, todos piden, pero nadie habla de lo que uno tiene que dar. Empezando por el porcentaje de ocupación, todo es mentiroso, porque si sacamos los planes asistenciales, la desocupación sigue siendo enorme. Jesús dijo, quieren pescado, vayan a pescar. Es un error enseñarle a la gente que espere a que todo le llegue. Las cosas hay que aprender a buscarlas. Hoy una persona pone un negocio y si a los cinco meses no le va bien, ya lo cierra” -se queja Alvaro, que señala la falta de constancia y empeño como uno de los principales problemas nacionales- “No hay conciencia de grandeza, y la realidad es que las cosas no te las regala nadie”, dice.

Claro que a su juicio también hay responsabilidades gubernamentales: -”Nunca hubo asistencia para la mediana y la pequeña empresa. Alemania e Italia, por ejemplo, salieron adelante por las empresas chicas. Las generaron los mismos obreros, con apoyo del gobierno al que trabaja. Pero acá al primero que joden es al que trabaja. Pasá en un VMW y nadie se va a preguntar si asaltaste el banco de la esquina, pero andá con un camión sin una luz y te van a parar para coimearte o meterte una multa”, reflexiona.

La familia

Los Giannitti eligieron crear y mantener una empresa familiar. Desde chicos, los hijos de Alvaro y Adolfo se acostumbraron a pasar el día en la fábrica junto a ellos. Hoy, son los encargados de manejar casi todo, y quienes hacen los deberes en Grabya son los nietos.

“Todos los chicos fueron inducidos para que se capaciten y trabajen en la empresa. Siempre pensé que antes de que eligieran cualquier cosa para que los explote otro, era mejor que se exploten ellos mismos. Eso me generó no pocas discusiones con mi mujer”, se sincera Alvaro.

“Construir una empresa familiar es lo más costoso de todo, porque hay que convivir acá todos los días y no es lo mismo que convivir en un asado. Pero lo llevamos bien, porque hemos dividido las tareas, y siempre con el ojo de mi hermano y mío sobre todo. Pero ya hoy por hoy quienes manejan casi todo son los chicos, y por suerte lo hacen muy bien”, dice también.

Le preguntamos qué cosa cree que les deja a sus hijos, más allá de los logros materiales.

-”Les dejo algo que no pueden vender: el compromiso con el trabajo”, nos contesta.

 

LA INFORMACION

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Alvaro frente a una de las lagunas que forman parte del proceso de tratamiento de efluentes. La planta no realiza vuelcos externos, y el agua que resulta del proceso se usa para regar un enorme parque forestado y para alimentar una laguna artificial en la que viven peces y patos.


 



¿Usted sabía que esto existe?

Durante el tratamiento los efluentes son sometidos a diferentes procesos físicos y químicos, que posibilitan en primera instancia separar del agua la grasa residual (que tampoco tiene disposición final sino que se comercializa como un subproducto) y luego mediante un sistema de floculación, precitación y tratamiento biológico se consigue un resultado óptimo. A modo de ejemplo, el proceso finaliza en una laguna artificial donde viven variedad de peces. Esa agua se utiliza finalmente para regar un extenso parque que ocupa más de la mitad del predio de la empresa, y que fue debidamente forestado y acondicionado como un paseo que suele ser visitado –por ejemplo- por escuelas del distrito.

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