Historias de vida: Alberto Sciuto

De abajo, y gracias a la cultura del trabajo

Seguimos rescatando la historia de vecinos de Cañuelas. En esta oportunidad repasamos la vida de Alberto Sciuto, un reconocido vecino de la localidad de Máximo Paz, hijo de inmigrantes italianos, que forjó un destino para él y su familia en base a un trabajo constante de más de 50 años. Su trabajo por la comunidad y su vocación de servicio.

Alberto es uno de esos hombres a los que nadie les regaló nada. Hijo de un inmigrante italiano, el mejor obsequio que le hizo su padre fue inculcarle la cultura del trabajo, la misma que él -más tarde- prolongó en sus hijos.

A los nueve años, tuvo su primer trabajo: ayudaba a su hermano Luis que tenía el puesto de diarios en Máximo Paz y atendía también en Spegazzini, que por los años 50 era sólo las fábricas y los barrios obreros. “Nadie me mandó a hacerlo, fue una decisión mía” –recuerda hoy-  “recibíamos los diarios que llegaban por tren en Speggazzini y comenzábamos el reparto por los barrios de Gilera y Ezeta, por el camino real salíamos en los Guindos, siempre a pie, y luego íbamos en colectivo a Máximo y hacíamos el reparto en el pueblo y los barrios Villa Hunter y La Torre”.

Ese primer empleo –de fin de semana y vacaciones- le permitió a Alberto comprarse desde los 9 años sus propios útiles escolares, libros, y todo lo que necesitara para la escuela.

A los 14 combinó su tarea de fines de semana del reparto de diarios con el trabajo en el matadero durante las vacaciones. “Trabajaba controlando la sanidad (revisaba los ganglios y sellaba la res), una vez terminada la matanza como siempre fui de físico grande, cargaba las res con aparejo a los camiones lo cual se hacia difícil los días de lluvia porque al mojarse la soga engrasada el esfuerzo era mayor”, dice hoy.

Cuando tenía 13 años, su padre les compró a él y a su hermano Victor dos terrenos que daban al fondo de su casa, con la intención de que en el futuro ellos construyeran allí sus propios hogares y vivieran todos juntos, como lo hacía su familia en Italia.

Cuando a los 16 años Alberto consiguió trabajo en la línea de montaje de la fábrica Gilera, y desde el primer sueldo comenzó a devolver en cuotas el dinero del terreno, además de pagar en su casa sus propios gastos.

A los 18 años ocurrió una fatalidad. Su padre sufrió un ataque al corazón y murió. Quizá si hubiese tenido una atención diferente el desenlace no hubiese sido fatal, pero en las circunstancias de aquella época Alberto tuvo que correr unos mil metros hasta la ruta, esperar el colectivo para ir a Tristán Suárez, despertar al médico y llegar en el auto de éste hasta su casa. El doctor le aplicó una inyección y el joven Alberto volvió con él hasta Suárez, compró en la farmacia unos medicamentos que había recetado y regresó a su casa nuevamente en colectivo. Cuando llegó, su padre ya había fallecido.

Era el año 63, Alberto tenía 18 años y cursaba el sexto año en el colegio Industrial de Cañuelas. Así y todo se hizo cardo del cuidado de su madre y de su hermana menor, que estudiaba magisterio en Tristán Suárez. Pasó un año hasta que la madre comenzó a recibir la pensión.

Mientras tanto, Alberto no dejó de trabajar y de mostrar un espíritu inquieto. “En Gilera pedí y me dieron  la oportunidad de cambiar de trabajos, y es así que desde montaje pase a mantenimiento, matricería, oficina técnica, departamento de desarrollo de nuevos productos y  estando en esta ultima función, me proponen para supervisor de montaje. Era un gran desafío; si bien siempre me había esforzado para llegar algún día a ocupar un cargo dentro de la empresa,  no pensé que se me podía dar con tan solo 21 años. Me fue bien y cinco años después llegaba a jefe de departamento de montaje y repuestos”, cuenta hoy.

A los 24 se casó con su compañera de toda la vida. “Le debo mucho porque me acompañó tanto en los buenos momentos como en los malos y en las épocas difícil no dudo de comenzar a trabajar y poner el hombro para ayudar a consolidar el proyecto de vida y de familia que soñábamos”.

El 72 fue un año difícil. La fábrica Gilera comenzó con problemas de atraso de sueldos, y luego de varios pedidos e intentos fallidos de lograr al menos el pago de sueldos al personal, todos los jefes y gerentes ese fin de año decidieron renunciar al mismo tiempo en solidaridad con el personal obrero.

“Fue un momento difícil abandonar la empresa en la que había trabajado once años y había encontrado mi lugar no era fácil; pero la palabra empeñada ante mis pares tenía mucho más valor, y es así que por medio de en aviso en Clarín de ese domingo de fin de año me presente para una vacante en Mercedes Benz.  Después de un mes de entrevistas y exámenes  fui seleccionado para el cargo y ya estaba nuevamente trabajando en el cargo de Supervisor en M. Benz”. Era enero del 73.

Alberto no se quedó sólo con ese trabajo, sino que empezó a soñar con la empresa propia. “Empecé a pensar que podía desarrollar alguna otra actividad que me permitiera incrementar mis ingresos. Ya tenía mis dos hijos y si bien tenía un buen el sueldo, buscaba incrementar mis ahorros. Fue así que compre una maquina fresadora universal y fuera de horario de fábrica trabajaba en mi máquina tallando herramientas para una fábrica de Tristán Suárez”.

En octubre del 76, Alberto renunció a Mercedes Benz, y junto a dos socios armó en Spegazzini una fábrica de herramientas. Fueron épocas muy difíciles: prácticamente todo lo que generaba la empresa se invertía en maquinas y herramientas cada socio tenía otra actividad. Alaberto continuaba, en su propia casa, con el tallado de herramientas para Suárez .
 “Trabajaba todos los días de la semana, incluso medio domingo. Salía de mi casa a las 5.30 y regresaba a las 19 o 20 horas”, recuerda hoy.
En esa época también debió empezar a trabajar su esposa. “No fue fácil para ella, 14 años después de recibida en Magisterio, con la casa, dos hijos y doble turno en la escuela”.
Las cosas en la empresa empezaron a ir mal, y al cabo de 11 años Alberto terminó desvinculándose de sus socios y empezar de nuevo, esta vez en el garage de su casa, donde hoy se encuentra la farmacia de su hija. Empezó con un torno, una fresa a reparar y una agujereadora.

“Pude arrancar desde cero nuevamente por el respaldo que tuve de parte de los clientes como Editorial Estrada,  Flora Dánica, Rasic, y otros que por conocerme  aprobaron de inmediato mi nueva empresa como proveedora. Esto fue a fines de los  80, me tocó un período de alta inflación que en mi tipo de trabajo es casi  mortal”, recuerda hoy.

La llegada de la estabilidad monetaria fue muy buena para su actividad. Gracias a la estabilidad pudo construir el nuevo edificio en los terrenos que alguna vez le había comprado su padre, comprar las maquinarias que hacían falta, invertir en remoledar la casa, enviar a sus hijos a la universidad y hasta ayudar a su hija en la instalación de su farmacia.

“Hoy día mis hijos construyeron  en Máximo Paz y están a pocos metros de la casa de sus padres la que fue de sus abuelos, mi hijo en la empresa conmigo y mi hija con su farmacia. Tal  vez se cumple el deseo del abuelo de continuar con la costumbre de su familia en Italia de vivir todos muy cerca”.

“Estoy agradecido con la vida, me dio oportunidades en el trabajo, dos hijos, tres nietos y una mujer, mi esposa, mi compañera desde hace casi 44 años, agradecido con mis padres que me enseñaron que trabajando se puede lograr mejorar, aun comenzando sin nada”, dice hoy Alberto desde su propio taller metalúrgico, uno de los mejores y más equipados de toda la zona.

 

LA INFORMACION

 

Copyrigth 2011 - La información on line - Propiedad de Semanario La información - San Martín 474 CAÑUELAS - Tel 02226 42 3854 / 15 45 9537

Director General de la edición digital: Fernando Abdo - Comercialización: M.Mercedes Brown