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Oficialismo, medios y doble discurso

Por Fernando Abdo

Según la definición “de manual”, el doble discurso viene a ser algo así como “la discrepancia entre lo que se dice y lo que se hace”. Dicho de otro modo: la incongruencia entre el discurso propiamente dicho (la palabra) y los hechos, el conflicto entre lo verbal y lo kinésico o lo proxémico, el lenguaje del cuerpo, los gestos, las distancias.

Los científicos sociales de Palo Alto instalaron la teoría del “todo comunica”, según la cual el concepto de no-comunicación es imposible: un silencio, un gesto, un acto, “dicen” mucho. Sirven para reafirmar el discurso propiamente dicho, para darle fuerza, aunque también para contradecirlo en forma de ironía (si es evidente y deliberado) o para neutralizarlo, cuando esa contradicción entre lo dicho y lo hecho (o lo expresado con gestos) es involuntaria, inconsciente.

Esta última opción es la más común en la política, donde el doble discurso encuentra siempre la tierra fértil del cinismo sobre la que a menudo se suelen cimentar las construcciones simbólicas.

En nuestra querida Tierra de Oportunidades, los ejemplos de doble discurso no faltan.

Es interesante concentrarse, por ejemplo, en la relación pública del gobierno con algunos medios. A nadie escapa que existe una permanente campaña en desmedro del concepto del pensamiento independiente. Desde la mirada del oficialismo, el periodismo independiente no existe. Para ellos, todos los medios responden a algún interés, económico o político.

Esa mirada –ese juicio- no es en absoluto ingenua, sino que tiene un doble objeto. Por un lado, sirve para evitar responder a cualquier cuestionamiento periodístico, descalificando la fuente de la crítica, pero también para justificar la inversión y el sostenimiento con fondos públicos de medios partidarios. Desde la mirada del “todos son iguales” al oficialismo le parece bien que existan medios pseudoperiodísticos conducidos por pseudoperiodistas cuyo único objetivo es alabar a los jefes y denostar a los adversarios. Esto pasa hoy también en Cañuelas.

En algún momento, los periodistas deberán plantar bandera para dejar claro que no todo es lo mismo. El periodismo tiene un compromiso de honestidad que la propaganda no tiene. La verdad no es de nadie, pero un medio periodístico es aquel que se para frente a quienes gobiernan desde una mirada crítica. Lo otro es propaganda, o simple mercenarismo. No es casual que en Cañuelas, algunos de los medios que hoy son oficialistas, también lo hayan sido durante el gobierno de Rivarola. Cualquier análisis serio debería empezar y terminar ahí.

Pero lo llamativo de estos últimos días es el doble discurso que el propio oficialismo ha mostrado en relación a El Ciudadano Cañuelense, el medio más poderoso de Cañuelas.

Cualquiera que conozca mí-nimamente el manejo político interno del oficialismo sabe que nada se hace o se dice sin el consentimiento de Gustavo y Marisa. Por eso les cabe a ellos principalmente la responsabilidad por las pancartas que los militantes de la juventud (muchos de ellos con algún vínculo contractual con el municipio u otros organismos públicos) mostraron el miércoles 20 de abril durante la inauguración del período de sesiones ordinarias del Concejo Deliberante.

“El Ciudadano y Clarín mienten”, decían las pancartas de la JP.

Mentiroso es lo peor que se le puede decir a un periodista. Es un insulto; es como decirle ladrón a un político, cagón a un boxeador, perro a un futbolista.

Por eso sorprendió que, apenas una semana después, Gabriel Iturralde, director de El Ciudadano, haya sido invitado a descubrir junto con el intendente la placa conmemorativa en la inauguración del nuevo espacio de atención al público en el Palacio Municipal. Todo un honor.

¿Qué busca el oficialismo con este doble discurso respecto del medio más importante e influyente de Cañuelas?

En principio, una explicación podría ser que haya una postura diferente entre “la juventud” (de sangre más caliente, más intempestiva) y el intendente, un hombre más equilibrado, abierto y democrático. Pero es necesario insistir en que cualquiera que conozca mínimamente la lógica de comportamiento del arrietismo debe descartar de plano esa hipótesis.

Lo que hay es un doble discurso. Uno está dirigido a la “militancia”, a la tropa kirchnerista que se onanisa a diario con el tono combativo de 678 y espera de sus referentes locales el mismo nivel de confrontación con la “corporación mediática”. El otro discurso tiene como destinatarios a los sectores más conservadores de la sociedad, a los comerciantes, los empresarios, que esperan esa otra imagen, la del intendente medido y equilibrado, abierto a las críticas y al pluralismo.

Quizá Arrieta no alcance a ver que ese doble discurso en realidad deslegitima y hasta ridiculiza a sus propios seguidores, que se acalambraron sosteniendo carteles de “El Ciudadano miente” para que él después se saque una foto con el dueño del medio mentiroso.

O quizá no le importe. Los muchachos sabrán comprender que todo es por una buena causa.

Publicado en la edición impresa de Mayo del 2011

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