La comunidad, ausente
Duele decirlo, pero es así: la comunidad de Cañuelas anoche miró para otro lado. Todos o casi todos los presentes en la marcha tenían algún tipo de relación personal con los bomberos del cuerpo activo.
-¿Cuánta gente vive en Cañuelas, 50 mil personas? ¿Cuántas hay acá?- preguntaban indignados algunos de los familiares.
-Bien que cuando los necesitan los llaman todos- pensó en voz alta una mamá con ojos colorados.
Y es verdad. Lamentablemente es verdad. Porque la marcha de ayer no fue “en contra de nadie”, sino a favor de los muchachos que se la juegan en cada incendio, en cada accidente. Una manifestación solamente para pedir que esos a los que llamamos en nuestros peores momentos, esos en manos de quien ponemos nuestras vidas, no necesiten rifar la suya viajando a toda velocidad en camiones sin frenos, o metiéndose dentro del fuego con botas rotas o trajes destrozados.
No se trata de tomar partido. No hay aquí ninguna competencia deportiva. Si los jefes o la comisión deben o no renunciar, es algo que no se va a decidir en la calle ni en los medios.
En lo personal, pienso que los miembros de la comisión directiva son hombres de bien. Bienintencionados, tipos que tampoco buscan réditos personales y dedican tiempo y esfuerzo a sostener una institución a la que aman, quizá tanto como la aman los bomberos. Quizá la justicia me desmienta, pero no he encontrado hasta ahora elementos para creer otra cosa.
Pero lo que no puede pasarse por alto es la realidad: móviles sin VTV, camiones chocados por falta de frenos, falta de matafuegos en todas las unidades, trajes ignífugos vencidos, botas agujereadas, cascos rotos.
Todo esto mientras se compran móviles cero kilómetros de cientos de miles de pesos. Suele ocurrir en muchas comisiones (de sociedades de fomento, de clubes, hasta de organismos políticos) que hay quienes sueñan con trascender a través de las obras “grandes” y se olvidan de los “detalles pequeños”. Ahí está el problema, una cuestión de criterio.
La movilización de ayer no fue una movida política, sino una expresión de la angustia y la bronca que los familiares y amigos de los bomberos sienten porque a diferencia de nosotros viven esta realidad todos los días.
Y ayer esperaban otra cosa de parte de la comunidad. De parte de esos –de nosotros- que cuando los necesitamos queremos que vengan “¡ya!” a salvarnos la vida arriesgando la suya. Con frenos, o sin. Con botas nuevas o agujereadas.
La de ayer era una buena oportunidad, al menos, para darles las gracias.
No pudo ser.
Fernando Abdo
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