Retazos de igualdad

02.02.11. Por Fernando Abdo

La igualdad es una cosa seria. Herencia del siglo de las luces, la noción de igualdad fue esencial en la revolución liberal francesa de finales del SXVIII, al punto de estar representada con el color blanco en la bandera gala. El azul es “libertad” y el rojo “fraternidad”, las tres condiciones esenciales de una República.

Igualdad es una palabra que se usa con facilidad, y a pesar de estar consagrados en la Constitución, muchos de los derechos asociados a esta idea, en nuestro país están lejos de cumplirse: igualdad ante la ley, acceso igualitario a la educación y a la vivienda, salario igualitario para ambos géneros, entre otros, son falacias que en algunos casos hasta rozan con el grotesco.

Ni siquiera algunos programas oficiales que surgieron basados en la idea de igualdad, como la asignación universal por hijo, logran siquiera estar cerca: los hijos de cientos de miles de monotributistas (comerciantes, taxistas, plomeros, jardineros, electricistas, profesionales, etc.) son discriminados del sistema. A pesar de aportar mensualmente, no reciben la asignación como tampoco ningún otro beneficio de Ansés (subsidio por nacimiento, casamiento, defunción, etc.).

Pero hay retazos. Hay algunos cambios significativos, imperceptibles para muchos, que en algunos ámbitos generan esperanza.

El año pasado, un movimiento transversal de muchos sectores políticos (aunque el oficialismo pretenda arrogarse para sí los laureles) aprobó la ley de Matrimonio Igualitario, permitiendo el reconocimiento legal para parejas del mismo sexo. Con los mismos derechos y las mismas obligaciones que los matrimonios héterosexuales. Ese pequeño gran paso –que las generaciones futuras verán como algo natural, y les costará entender las resistencias que generó- fue una bocanada muy importante de igualdad.

En estos días respiré una nueva.

Una anécdota simple: el gobierno municipal habilitó espacios con Wi-Fi gratuito. Serán las plazas y otros espacios públicos, y el programa comenzó conectando las plazas San Martín y Belgrano.

Necesitaba una foto para ilustrar la noticia, y como vivo cerca de la plaza Belgrano, aproveché para acercarme a algunos adolescentes que sentados en el césped, usaban sus netbooks personales.

Eran, claro, las computadoras distribuidas por el gobierno en el marco del programa “Conectar Igualdad”. Es notorio, es obvio, el avance que desde el punto de vista educativo puede generar que cada chico tenga su PC, y que la escuela cuente con conexión a Internet. En el futuro (ya casi en el presente) no usar con fluidez una computadora será equiparable al analfabetismo. Cuando el año pasado se presentó este programa, me pareció una buena noticia, pero siempre dentro de lo que uno puede esperar y hasta debe exigir del gobierno.

Pero lo que ví ahora fue otra cosa: los chicos estaban usando las redes sociales. Chateaban, leían y posteaban comentarios en Facebook, quizá hasta entraran a alguna página deportiva, la de algún cantante de moda o la web oficial de Gran Hermano.

Se divertían, se mostraban unos a otros lo que estaban viendo. Se reían, se igualaban.

Se igualaban.

Entonces sí lo entendí mejor. ¿Cuántos de los papás de los miles de chicos que recibieron computadoras están en condiciones de comprarles una con la tarjeta de crédito, en efectivo o pidiendo un préstamo bancario? ¿Cuántos pueden pagar por un servicio de Internet domiciliario?

Todos fuimos adolescentes, y sabemos lo importante que es “pertenecer”. Todos alguna vez nos sentimos excluidos de algo, y sabemos que la exclusión genera resentimientos. Y que hay resentimientos que duran para toda la vida.

Sin las compus, sin Internet gratis, la mayoría de los pibes estarían condenados a hacinarse en un cyber, casi sin privacidad, por las horas que sus papás pudieran pagar. O, en muchos casos, privarse del acceso a la tecnología, quedarse afuera, mirar mientras los otros disfrutan, como tal vez muchos de sus papás se quedaron mirando en su niñez como otros chicos jugaban en las salas de video juegos, mientras ellos –sin fichas- se contentaban con ver.

Muchos pensarán que permitirles a los chicos llevarse las computadoras a sus casas es el paso previo para que las rompan, como si no fuesen lo suficientemente vivos como para cuidar tal vez el objeto más preciado que tengan.

Otros, cuando los vean en la plaza, pensarán “seguro no están estudiando”.

No, claro que no.

Están descubriendo cómo es ser iguales.

Nada menos.

 

 

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