Entrevista al padre Alejandro Delorenzi “La iglesia tiene que ir a la gente para buscarse a sí misma”

-La idea de esta charla es hablar un poco sobre la Fe, y su rol en la Iglesia, en la comunidad…
-Si hay algo que yo busco a través de esto es felicidad, la felicidad que me da el servicio. El sacramento del sacerdocio no es para uno, sino para ser dado, el sacerdote no vive “para”  sino para entregarse.

-Da la sensación de que dentro de la Iglesia y de sus pastores conviven dos visiones fundamentales de lo que la Iglesia debería ser: unos piensan que la verdadera Iglesia es la que tiene “los pies en el barro”, que está donde están los problemas, y otra visión que sostiene que en realidad su función es más espiritual, un “refugio” no contaminado, casi sin contacto con lo exterior…
-Sí totalmente, es así. Pero en realidad hay una sola Iglesia, lo otro es una desviación. La iglesia de Jesús es ésa, justamente, que está en el barro, en la fragilidad de la gente, que está sumergida en el pueblo. Si uno lee los Evangelios ve que Jesús estaba ahí, con las prostitutas, con el publi-cano, y hasta con el fariseo, para tratar desde ese lugar de despertar algo nuevo. Hay que terminar un poco con esa idea de que la Iglesia es “el templo” que puede estar en la calle Del Carmen o en la capilla Desatanudos; la Iglesia sos vos, tu familia, tu lucha de todos los días.

-Los nuevos cultos, las sectas, las religiones entre comillas que suelen aparecer, generalmente tienen mayor asidero en los sectores sociales más desprotegidos…
-Claro, en sectores donde hay una desatención personal por parte de la Iglesia, donde la Iglesia ha dejado de atender a la gente y sus problemas, la enfermedad, el dolor. Ya en el Concilio Vaticano Segundo se reflexionó sobre eso. Juan XXIII dijo una frase famosa, “vamos a abrir las ventanas del Vaticano porque hay mucho olor acá”, era un Iglesia encerrada en sí misma esperando que la gente venga al templo. Hoy no sirve, la Iglesia tiene que salir, justamente a buscarse a sí misma, porque la verdadera Iglesia está en la gente, que tiene sus problemas y que a veces no tiene para comer. No hay que caer en el asistencialismo, pero sí buscar una integridad, ofrecer los carriles para que puedan encontrar la dignidad, el trabajo, la salud.

-¿Cómo le cae a usted que de pronto se conozcan tantas historias de pedofilia dentro de la Iglesia?
-Yo me sentí muy mal por eso e incluso pedí perdón por mis compañeros, porque es algo que de alguna forma afecta a la institución y nos salpica a todos. Mucha gente que es creyente te empieza a ver distinto. Yo incluso me cuido cuando estoy con chicos, porque la gente puede pensar cualquier cosa, pero eso también te quita espontaneidad y cercanía. De todas formas creo que se tiene que seguir destapando el tema, una de las cosas que más me enfermó de todo esto es el silencio. Fue uno de los delitos más terribles que esos obispos pudieron cometer, el silencio ante estos casos.
Pero por otro lado nos hizo bien la pérdida de poder. Uno en este lugar genera poder, desde una homilía uno puede hacer mucho bien y mucho mal. Y a la Iglesia el poder le hace mal. Jesús nunca quiso poder…

-Bueno, muchas veces la Iglesia y sobre todo algunos de sus fieles, cuando cuestionan actitudes de algunos no católicos, lo hacen desde un lugar de defensa de la moral, que ante este escándalo un poco se pierde, ¿no? Como en el caso de los homosexuales, por ejemplo…
-Y sí. Hay que ver que son seres humanos dignos de Dios. Yo tengo amigos homosexuales, que de vez en cuando me vienen a ver. Nadie, ninguna institución se puede creer dueña de la verdad. La iglesia muchas veces se ha parado en ese lugar, de decir fuera de la Iglesia no hay salvación… eso el Concilio Vaticano lo corrigió bien, y propuso un diálogo con el mundo, con las otras religiones, porque en todos hay “semillas del Verbo”, semillas de Dios…

-Ya es la segunda vez en la charla que menciona al Concilio Vaticano…
-Es que yo crecí con el Concilio, yo nunca fui un “bicho de sacristía”, yo entré al seminario a los veinticinco años, y a Dios lo mamé en  la calle, en mis amigos, en mi novia (que la tuve). Y el Concilio creo que fue “el momento”; a Juan XXIII lo pusieron como un Papa “de transición”, y nadie se imaginó que el gordo les iba a salir con eso. Fue algo revolucionario, una apertura sin precedentes, dialoguemos con la gente, vayamos a los pobres, frenemos la guerra…

-¿Y no cree que en cierto punto no fue perjudicial para esa revolución un Papa como Juan Pablo II, considerado un Santo y enormemente querido, pero a la vez con una impronta tan conservadora?
-Mi sensación, aparte de apreciarlo como Papa, es que fue un tipo con mucho carisma, muy mediático, que le dio presencia a la Iglesia en todo el mundo, pero su mirada de la Iglesia fue poner un poco el freno a esa apertura de la que hablaba. Esto lo acentuó mucho más  Ratzinger, que era la mano derecha de Juan Pablo II. Durante la era de estos dos Papas, a los “teólogos de la liberación”, los que se pusieron a mirar las cosas desde el lado del pueblo, se los ha castigado brutalmente. Mientras que volvieron a aceptar a los lefrebvianos.

-Volvemos a lo que hablábamos al principio. ¿Cómo cree que se resuelve a futuro, qué cree que va a pasar con esta tensión entre estos dos modelos de Iglesia?
-En este momento hay una crisis muy grande. En Europa casi no hay sacerdotes, y acá han bajado notablemente. Sería muy profético, pero yo en lo personal siento que va a haber momentos difíciles, casi sismáticos.

-Es que algunas contradicciones parecen muy grandes. Hoy la Iglesia condena el aborto por un lado, pero por el otro sigue sin aprobar el uso del preservativo.
-En todos estos temas de índole moral hay crisis. Hoy no se puede seguir condenando las relaciones prematrimoniales, que sabemos que todo el mundo las tiene. Hay hasta cardenales que se han jugado a hablar del uso de preservativos, no podemos colaborar en causar más muertes, ¿qué estamos haciendo? Hay que ver que hay pueblos que ante algunas enfermedades tienen como única forma de prevención el uso de preservativos.
Obviamente no estoy de acuerdo con el “vale todo”, pero sí evaluar cada caso, algunas generalidades son destructivas. En los fundamentalismos se hacen cosas tremendas en nombre de Dios. También ese tipo de religión, más intransigente, te da seguridades: vos tenés a tu Dios, vas todos los domingos a Misa, hacés cada tanto una obra de bien, y estás tranquilo… eso no es la Fe, la Fe es otra cosa, es en tu casa todos los días, como estás con tu esposa, con tus hijos, a ver cómo hacer todos los días para que el amor crezca…

-¿No siente a veces que hay personas, familias no católicas pero que de alguna forma viven una vida más cristiana que nadie?
-Si, por supuesto. Y yo creo que esa es la Iglesia profunda de Jesucristo, bien concreta. El hombre que actúa bien, que ama, que crece en el amor, que se preocupa, ese hombre vive en la Fe aunque no lo sepa, aunque no la tenga explícita.

-Hay un interesante debate entre el cardenal italiano Carlos María Martini y Umberto Eco en el que justamente se peguntan eso, “En qué creen los que no creen”, dónde está la fe de los laicos no creyentes…
-Bueno, ¿dónde está la fe de estos jóvenes? (señala hacia la granja de rehabilitación Revivir). Vienen de un mundo jodido, de drogas, paco, sexo, delincuencia, de haber hecho cualquier cosa… y, a veces, cuando ellos quieren vienen a Misa. Yo nunca les digo nada, vienen solitos porque sienten que necesitan a Dios… ahí tenés un cristiano, un tipo que está cambiando su vida, tratando de recuperar a su esposa, a los hijos que abandonó y a los que les ha pedido perdón… ése es un tipo que pisa fuerte en la fe. Creo que la nota que tiene la capilla Desatanudos es justamente eso que decías, tratar de encontrar a esa gente que supuestamente está fuera de la Fe, y que en realidad está adentro. Y darle un lugar, acogerlo. Esta capilla nos está quedando chica, se llena… cuando otras están empezando a cerrar. Estamos en el medio del campo, y hay días en que vienen 100 personas a la mañana y otras 100 a la tarde… algo les damos, un lugar en donde no hay trabas, gente que se ha separado y volvieron a formar familias maravillosas y quieren vivir su Fe…

-¿Lo revelan a veces las cosas que ve, los problemas que le llegan, la gente que sufre?
-Sí, claro. Tener Fe es tener dudas, el que no duda no crece. El que tiene una Fe muy armadita, de celebrar su “misita”, se va alejando de lo humano. El otro día me mandó un mail una parejita que están tratando de tener un hijo y no pueden, y les piden un fangote de plata para un tratamiento, y estaban muy enojados. Yo me quedé muy mal esa noche, como tantas otras, pero a los días les contesté. Y les puse que era bueno que estuvieran así, puteando, porque esa es la verdadera oración, no esa cosa santurrona de cruzar las manitos y cuando nos pasa alguna cosa pensar que Dios las mando por algo…
A mí me pasan cosas, tengo crisis, a veces no tengo ganas, y ahí es donde vivo mi Fe de forma más descarnada. Porque los sacerdotes no somos funcio- narios de la Fe, somos seres humanos. Y Jesús era así, y terminó así, muerto como un malhechor en la Cruz, no como un rey, sino como el peor castigo que se le podía dar, porque era un subversivo del reino.
Más de una vez pensé en dejar todo y dedicarme a escribir, al arte, a las cosas que me gustan. Pero no, porque acá tengo puesto el corazón. Y Dios se hizo hombre, no se hizo una percha negra con un cuellito blanco, eso lo inventamos nosotros. Yo sé que me cuesta y me va a costar caro pensar así, pero habrá que dar la vida, como la dio Mujica. Hoy no será tan así, pero de alguna forma te van marginando… igual yo desde acá hago mi despelote, mi revolución del amor.

Por Fernando Abdo

(Publicado en la edición impresa de Julio de 2010)

 

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